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lunes, 25 de enero de 2016

La alegría y la escuela

J. Cifuentes R.

Encuentra el corazón humano una respuesta cabal a un deseo esencial de todo hombre y mujer: la alegría.  Esto es así porque vivir en un estado de conciencia y sentimiento de alegría, serena y permanente, en medio de los mil quehaceres y tensiones de la vida cotidiana constituye una gracia singular.  

Dar cabida a esta gracia en nuestras vidas lo enfatiza  reiteradamente  el tercer domingo de adviento, que por ello se lo llama, en latín, Dominica Gaudete, es decir, domingo de la alegría.  Escuchemos a Pablo en Filipenses: “Estad siempre alegres en el Señor, os repito, estad alegres.  El Señor está cerca.”

Atenta a la recomendación paulina  sobre la alegría de vivir, contribuye eficazmente la escuela. Poco a poco, en grados progresivos de profundidad, nivel tras nivel de práctica y conocimiento, esa conciencia y sentimiento se ha ido  ampliando y ahondando en todos, y si alguno  inició el proceso invadido por la sombra paralizante de la tristeza, a medida que  ha sido fiel con voluntad y perseverancia, al camino emprendido, la noche obscura del alma ha dejado paso  a la  emergencia  de unos ojos de pupilas lúcidas y rostro alegre como expresión de la vivencia desarrollada.

Esta vivencia muestra la configuración al interior de la conciencia de un espacio o dimensión opacada en mayor o menor medida en todos, por la forma de sociedad vigente, centrada totalmente en la vida pública de las instituciones  y la privada, sin  atención ni cuidado de la vida íntima o interior, desconocida y desvalorizada.

Es la interioridad o vida íntima, con su incidencia positiva en las otras dos,  la que las Llaves del Reino  potencian y hace volar a la conciencia.

El vuelo es tan fuerte y alto que introduce al que acepta la gracia de vivirlo, en un Samadhi o éxtasis como encuentro; o mejor: como inmersión en el Dios joven, a la vez eterno, que cantaba el poeta Péguy, sentido como alegría total, que le hace quedar al orante o meditador sin querer detenerse en nada por su provisoriedad esencial, quedando toda realidad externa y ciencia transcendiendo.

La emergencia de la interioridad, es decir, del Reino, del que estaba locamente enamorado el Padrecito, nuestro fundador, se manifestó en la alegría total de su vida, experimentada de manera que la conciencia no  padeciera duda alguna ni un lugar fuera del corazón del mundo, si bien trascendido por la experiencia divina.  Fue un contemplativo en la acción revestido siempre de la alegría, en cuyo camino andamos nosotros en el adviento o esperanza, de acompañarle en esa experiencia.

Por esta gracia singular, cuya preceptora educativa es la Escuela, todos en comunidad y silencio sonoro, por un momento, demos gracias a Dios.

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